Muralla

Una vez en mi casa escuché el estruendo de dos personas despidiéndose para siempre. Una de ellas se tocaba la cara mientras su cuerpo se llenaba de un grito pálido, cansado y triste; la otra puso una muralla al rededor de su piel, ojos, manos y corazón. La persona con las manos en el rostro temblaba y se recargaba en la muralla, de su último tabique para no caer, pensaría, al verla, que por un momento se volvía transparente para siempre.
La muralla viva no daba un paso, no cedía una palabra, no negociaba un abrazo: solo se formaba de una estructura siempre más sólida y bien diseñada. La casa empezó a oscurecer y nadie encendió las luces, solo se escucharon sollozos discretos por un momento y mil lágrimas que solo salían de quien tenía las manos en el estómago, rostro y corazón.
Yo usaba un vestido floreado, el de siempre, y hoy desde ese mismo vestido, recostada en la cama junto a la ventana que da a la calle, viendo cómo la luz entra a acostarse en mi cuerpo, pienso: yo era dueña del grito pálido y me recargaba en los muros como ciega, minotauro herido en su propia cueva.
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