Treinta millones de años

Hubo un momento en mi habitación que se quedó para siempre, como animalito sombrío que huele a vainilla viviendo bajo mi cama y sale a veces a hacerme cosquillas o llora y me hace llorar. Ese recuerdo consta de varios elementos simples: una persona, una voz, varias palabras, dos sombras. Las palabras son las que a veces duelen o hacen reír, las que me hacen fumar un cigarro (y yo ni fumo) y me nublan poquito la risa (aunque haga tanto sol y calor). “Ojalá te hubiera conocido antes” es parte de ese animalito que tú creaste, y que hizo un zumbido en mi cabeza preguntándome siempre ¿antes de qué? ¿Antes para qué? Esa noche vi muy claro la luz lunar entrando por la ventana y sentí tu abrazo en mi costado, casi temblando, con ganas de quedarte para siempre. Las ganas fueron otro tipo de animalito que sí murió con mucho frío, pero el recuerdo de tu voz que reconocía a oscuras, la mía que tambaleó mucho y los te amos con hilitos en los pies se quedaron en ésta habitación como amonites que datan treinta millones de años.

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