Cipreses que soñé

Dormí abrazada al calor de mi pecho. Había dentro una hoguera donde quemaban brujas. Dentro de mi cuerpo.

Lloraba, las lágrimas calientes alimentaban esa hoguera.  Los gatos se quemaron. Quise sacarlos de mí, pero mordían y decían palabras absolutamente desconocidas. Quieta escuché a las brujas apagadas, sus canciones pequeñas, canciones de cuna que alguna vez fueron plegarias, sus miradas tristes, su cabello hermoso, sus corazones uniéndose al mío, pensando en el último beso de su última vida.

Después no hubo más agua nunca más en mi cuerpo; salió por los ojos o fue quemada dentro de esa hoguera junto con las brujas.

Sin agua, hasta la quietud puede romperme. Recuerdo a los gatos pequeñitos con ojos grandes, delicados como postres, postres astrales que se me antoja romper como fuentes.

Tengo pensamientos de una muerte frecuente en un viejo bosque viejo; sueños donde nacen cipreses de mi cuerpo seco, poblado por gatos muertos.

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