Musgo danzante

 

A veces poner las rodillas juntas, pegarlas a la pared, detener  todo. Escribir. Recordar las uvas en el vientre y a quien las comía como devorando una fruta de fuego trasfigurada en río.  Uva en el ombligo y la respiración guiando el viento hacia el clima fértil del estómago. Sentir.

Me refiero a todo, estar desnuda en cuartos desconocidos viendo fotos desconocidas de rostros que no sé. Tomar vino,  jugo de arándano, Boing de mango de la boca de otro, de otra.

 Me refiero a los eventos: los amantes son eventos, las personas son eventos, soy un clima.

Escuchar, besar costillas para llegar al epicentro de tu verga; tu corazón genital. Construir tu cuerpo de mujer, a veces hombre. Labios vaginales rosáceos y grises. Insertar un hogar, una casa construida a orillas del río cubierto de musgo febril y danzante.

 Comer. 

Hablo de estas manos que son piel sobre huesos y cicatrices,  que también son vientre, hablo de  la primera penetración que también es mirada, de pedir  que me detengas en el justo instante de regresar. De regresar para crear un idioma que sea al mismo tiempo la onomatopeya  del mar.

Hablo de dejar de escribirlo todo para subirme a tus ojos, a las formas de las sombras huecas que haces cuando abres la boca y la pones en este centro que es ruina que grita.

 

 

 

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