qué lejos

Qué lejos se veía la soledad desde tu casa en la que aún fría podía desnudarme los pies y bailar con tu perro olvidando todo el silencio que tienes, porque en vez de sangre, tienes silencio.

Qué lejos se veían los viernes sin que esperaras fuera del trabajo con tu auto, tu perfume, tu galantería y una sonrisa que apenas se asomaba, tan pequeña, pero que para mí era como una enorme y colorida celebración  con miles de fuegos artificiales.

Qué lejos se veía el fin del “nosotros”, de nadar en Lo de Marcos mientras tú me veías ser feliz desde tu cerveza, de La Sauceda con café y chocolate, de las cenizas de mi abuelo que no me acompañaste a presenciar, de las canciones de José Alfredo que se te atoraban en la garganta, de tus Te Amos entre dientes aferrándote a ellos sin dejarme acariciarlos.

Qué lejos te veo. Qué lejos quiero que estés.

 

 

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Cuatro historias de terror

I

Salgo a las 6 de la mañana todos los días, papá está enojado hoy: nos hemos peleado y no me acompañará al camión. Aún está oscuro, camino para salir a la avenida. Mientras veo la hora en mi celular frente a mí se detiene un hombre altísimo del que apenas puedo ver su rostro.  -Dame todo tu dinero, no te pongas pendeja- me dice con voz susurrante. Estoy tranquila, tengo cincuenta pesos y el celular que vale doscientos o un poco más. Entrego todo. Me abraza envolviéndome y apunta una pistola en mi costado. -Camina- dice, y obedezco. Paso justo  frente a mis vecinos, los miro, pero no hacen nada -¿dónde vives?-. Veo mi casa pasar, pienso en mi hermana de dos años, en mi familia y por un momento tengo la impresión de que no los veré nunca más. Llorando señalo la  calle siguiente de la mía. Todo está oscuro. Las lágrimas salen tanto y tengo mucho miedo. -¡Cállate!- grita,  pero no estoy hablando. Seguimos caminando y en un árbol el hombre me apunta y ordena me baje el pantalón. No obedezco, se acerca e intenta bajarlo; me doy cuenta que prefiero morir a ser violada y una  fuerza interna me sacude tanto que me atrevo a enfrentarlo a empujones y gritos. Se asusta, cae un libro que traía en mi bolso, nos separamos un segundo y ambos miramos el libro amarillo tirado en el suelo “La conjura de los Necios” de JK Tool. Él corre y estoy tan enojada que lo persigo unos segundos y  grito “cabrón de mierda, te voy a matar”. Reacciono, la realidad me pesa, regreso a casa y en brazos de mi padre me pongo a llorar.

II

Tenía tanto sueño que dormí toda la línea rosa del metro. Me recargué en la ventanilla, usaba una falda negra. Sentí cosquillas en mi pantorrilla derecha, pero estaba muy dormida para reaccionar. De nuevo las cosquillas. Abrí los ojos y era un hombre sentado frente a mí, acariciándome lentamente. Sentí asco y le grité algo que no recuerdo. Ya en el camión aún tenía la sensación de su tacto y se me revolvía el estómago.

III

En el camión un hombre de quizá 40 años se sentó junto a mí. Acomodé mis audífonos y me concentré en descansar. Era un viaje de 1 hora. Después de 30 minutos, el hombre colocó su mano en mi pierna. Abrí los ojos y la quitó inmediatamente. Pensé que era un error o que me estaba imaginando cosas. Cerré los ojos, volví a sentir su mano, lo miré en el acto, sentí una rabia tal que saqué mi paraguas y empecé a pegar y a gritar. Me pasé a la parte trasera del camión rápidamente. Un muchacho punk y un militar me preguntaron qué había pasado y de inmediato fueron a pegarle al señor. El chofer se dio cuenta, se detuvo junto a unas patrullas y les platicó la situación. Todos me volteaban a ver. Lloré de sentir tantas miradas. Los policías me bajaron del camión. Rogué al chofer que no se fuera; era muy tarde y ya no había transporte a mi casa. Los oficiales me preguntaron si quería ir a declarar, pero tuve miedo de quedarme sola con ellos, de cómo iba a llegar a casa, de qué le iba a decir a mi mamá y lo preocupada que estaría. Me dijeron que estaba bien, que ellos se iban a encargar de darle “su calentadita”. También tuve miedo de que le hicieran algo muy malo al señor. “Es un hombre que también, como yo, sale todos los días a trabajar”, pensé y el camión me llevó hasta mi casa.

IV

Me encanta mi vestido azul y lo llevo puesto a la universidad. Es un vestido muy lindo: marca mi figura y tiene un cinturón de tela que se ajusta a mi cintura. No es corto, me llega a la rodilla; es fresco y fácil de llevar.  Hoy en el camión un hombre con chamarra negra hacía movimientos extraños, lo miraba de reojo para cuidar que no me hiciera nada. Al pedir que se hiciera a un lado para bajar abrió su chamarra y me enseñó lo que traía en las manos:se había estado masturbando a lado mío todo el tiempo. Tomé el gas pimienta que me compró papá y lo proyecté hacía él. Tosiendo bajé del camión.

Me encanta mi vestido azul, pero quizá no lo vuelva a usar nunca en esta ciudad.

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Ideas de oficina

1. La carne desaparece en los costados de esta fiebre. Hay veces que prefiero no estar quieta y regar las plantas.

2. Fumo sentada al borde de la cama, salen dos lágrimas, el perro me mira, triste mi perro, me consuela. Siento el cuerpo con miles de flores nacer, pero siento el cuerpo con miles de flores muriéndose al mismo tiempo.

3. Mi jefe me ha pedido un reporte con índices, números, gráficos. Frente al monitor, mientras tecleo, siento mi pecho moverse y abrirse. Un animalito sale, es un conejo recién nacido, cubierto de lánugo tornasol. Te ofrezco este conejo.

4. Las palabras que dicen las personas no son lo que sienten las personas. Un señor dijo “globo” pero sentía cosas como “piedra”, “río”, “nube gris”. No confío en lo que dice la gente, porque siempre quiere decir otra cosa.

5. ¿Qué ves en mí cuando me miras de frente y me dices Te quiero? ¿Ves a un perrito triste dentro de mi pupila o ves fuego cruzar de mis ventanas y quemar todo?

Quemar quemar quemar.

6. En mi cumpleaños quiero un pastel con petalos con flores de colores. Quiero de invitados a Bill Murray, a mi abuela muerta y a mis dos perros.

7. Marguerite Yourcenar era un genio. No puede ser, ¡un genio de verdad! me conocía demasiado.

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Mirada de agua recién nacida

Dame mirada de agua recién nacida. Dame espera y luego frío para después dar abrazo. Dame tristeza y después risa; mira la ventana y después mira mis labios; maneja rápido y después quédate quieta, suelta el volante, escucha una canción.

Dame abismo, todo el que tengas y después lanza una cuerda hacia la luz.

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Dentro del avión

Ojos azules y cansancio evidente, un hombre caucásico, de aproximadamente 70 años en medio del avión aún en tierra, peleaba con algo absolutamente invisible. Pongamos que se llamaba John porque solo hablaba inglés.

Peleaba y gruñía dentro del avión. Yo avanzaba en la fila de los que apenas abordan, llegué al asiento que marcaba mi boleto y estaba John de pie, en medio a punto de sentarse a mi lado. Me vio con hastío y cansancio, pedí amablemente sentarme junto a él. En ese momento mi impresión fue de un “pfff, tendré que lidiar con este hombre todo el camino”. Y entonces empecé a lidiar.

Llegó otro hombre sentándose a mi izquierda (pongamos que se llamaba Manuel) y John a mi derecha. El avión comenzó a despegar.

Para ignorar que John respiraba violentamente, casi con rabia y desesperación, saqué un libro y comencé a leer. Sin embargo, el hombre moqueaba y hacía sonidos fuertes con la nariz, así es que pregunté si quería papel de baño. Me miró desconcertado. – ¿Estoy sucio, tengo algo?-preguntó. Me asusté de su mirada furiosa y dije – no, tú estás perfecto, solo preguntaba -. Seguí leyendo.

Me concentré en leer los caminos coloridos de Proust. De repente, John me pregunta si no tenía, de casualidad, un teléfono que pudiera servir en Nicaragua. Yo no uso teléfono móvil y le hago saber, me mira sorprendido -¡Cómo que no usas celular!- exclamó, – No, no uso. – Te felicito, por no usar celular y por leer literatura de verdad. Me cuenta que su novia lo espera en Nicaragua, llevaba dos días en el aeropuerto de la ciudad de México (los vuelos estaban atrasadísimos por el clima inconveniente) y que quiere conseguir un teléfono para marcarle. Me disculpo, pero veo que se ha tranquilizado. Llega la señorita aeromosa y ofrece de comer. John pide vino. Comemos algo, y vuelve a pedir más vino, la señorita lo trae gustosa y le dice que siente mucho esté pasando por eso, que ella treaerá lo que él desee y grita emocionado -¡han sido dos días terribles varado en el aeropuerto, ustedes dos son las únicas personas amables que me he encontrado!

Entonces, imagino la inquietud de John de no poderse comunicar con su novia, ¿cómo será su novia? ¿también tendrá setenta años? ¿estará desesperada en el hotel intentando comunicarse? ¿Mirará de reojo la cortina de su cuarto con luces apagadas esperando que John llegue por fin? ¿estará triste viendo un programa aburrido? ¡Como quisiera ayudarlo!

Más tranquilo por la embriaguez de vino, me cuenta un poco de su vida: tiene un proyecto en nicaragua de producción de energía con fuentes renovables, pero el gobierno no está apoyando lo suficiente. Le platico mi opinión como ambientalista, comparto mis puntos de vista y me dice que está contento de conocerme, que si tuviera 30 años menos se casaría conmigo. Río estruendosamente y pedimos más vino.
De mi lado izquierdo, Manuel me platica que es mexicano y que tiene un negocio en El Salvador (exportación y logística), que lo que ocupe en mi estancia en ese país (hace demasiado incapié en la “protección”) que está para ayudarme. Me ofrece trabajar en Argentina para él.

Todo esto me da risa y ternura loca. No hay nada más que decir. Le di mi correo electrónico a John y no ha enviado nada, pero siempre que abordo un avión me acuerdo de él, de sus rasgos fuertes, de sus ojos azules y de su novia esperándolo.

Cuántas cosas suceden si usas celular o abandonas un rato los audífonos.

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Incendio

El perro mira triste desde la ventana, ¿ volverás?

La silla está quieta en la sala, ¿traerás flores como nunca, de repente?

El viento mueve una cortina de tela floreada, horrible que es mi cortina,

¿te quedarás inmóvil otra vez cuando pregunte si me amas?

El pasto está seco, el patio apenas barrido, ¿me ayudarás a pintar la casa

mientras la música, para después, cansados,

mirarnos el uno al otro en la cama  listos para desnudarnos?

El perro me mira desde la puerta de mi cuarto,

¿vendrás a tirarme una cuerda cuando me inunde dentro de la almohada?

Hierve el  café de olla recién hecho, con canela, piloncillo y vainilla

huele toda esta casa, ¿vendrás a vivir conmigo justo cuando sirva las tazas?

El vecino me ha gritado absurdos de nuevo, la policía vino, azoté la puerta para después llorar.

¿tendrás la fuerza que se requiere para ser felices juntos?

Algunas plantas se han secado y parecen no reaccionar;

tengo tantas ganas de incendiarme dentro de todos los recuerdos.

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Bitácora del bosque

  1. Entré al bosque.
  2. Había, dentro del bosque, una casa.
  3. Incendiada por una fogata, dentro de la casa.
  4. La fogata parecía amigable, una fogata madre, que invitaba a entrar y sentir la tibieza después de una larga caminata dentro de un frío bosque.
  5. La casa era de madera, soñada.
  6. “Se puede tener todo dentro de un bosque”, pensaba.
  7. La casa era tibia y dentro palpitaba una luz cálida.
  8. La cama era como mi cama.
  9. Tuve un poco de miedo; un nido de viudas negras tenía la casa.
  10. Me acerqué a la telaraña, intentando negociar.
  11. Una araña se posó en mi hombro, sentí miedo, la comí.
  12. La araña me habló con voz suave y maternal, no sé qué cosa. Quizá llegamos a un trato.
  13. Dormí en la cama.
  14. Alguien llegó a romper los vidrios de la casa con palos. Se oyó un estruendo, entraron muchos a la casa, tuve miedo, alguien me mordió un pie, el pie tenía una fisura enorme, veía el hueco de la carne; dolía mucho.

 

Desperté.

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