Nebulosas

Hay cosas que ya no siento,
por ejemplo,
el vuelo torpe del somormujo
dentro de mi garganta al decir adiós
o el olor a muerto de todas las flores
que alguna vez dejé a mi paso.
Tampoco siento la distancia
como alfiler y pie descalzo,
como brasa y rostro fresco,
como enfermedad y soledad.

Digo esto, porque tengo la voz más firme que nunca
las manos fuertes y la mirada quieta
lo veo en el espejo
cuando a solas,
cuando nado
y la alberca vacía de todos
ya no me asusta
ni siento que aparecerán fantasmas dentro del agua
y que una ballena enorme me devorará.

Veo que, sí, en efecto
hay grietas en mi amor imperfecto
pero que también las grietas
son oportunidad de universos
llenos de dinámicas nebulosas
de olor a todo lo bonito
que me habita.

 

 

 

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Llamada

Apretar los dientes, respirar profundo, secarte las lágrimas, contener.  Suena el celular y ves que es mamá. Mamá que dejó de hacer de comer, regar las plantas, cantar a tu hermanita “duerme duerme negrito” para llamar y decirte cualquier cosa. Apretar los dientes, relajar la voz, sacudirte un poco de tristeza, contestar a tu madre, y por teléfono decir -madre, estoy bien, claro, hace calor, ¿ustedes? Los extraño- y aquí ahogarte un poco más en la marea viva de tu sangre mientras el ventilador necio y pobre apenas mueve un poco tu cabello ¡Ven a visitarme, vuelve pronto, ve a visitar a tu abuela, cruza los montes, baila todos los días, vacía a los perritos, llena de gatitos los cántaros de agua!  Las palabras de tu madre suenan lejos y no tienen el mismo efecto que cuando te traía dulces después de su jornada o cuando sabías que ella era los reyes magos pero no se lo decías porque querías que creyera que aún sabías creer.

Mamá, qué no ves que los cuartos de esta casa están vacíos, que nuestros muertos y quienes más nos amaron nunca van a volver.

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Currículum Vitae

Entre mis habilidades se destacan las siguientes: sacar borrachos muertos de tugurios por las noches, por las madrugadas recoger estiércol de dinosaurios, cazar olvidos para recordatorios abandonados, domesticar medusas de sonrisas cabizbajas o escribir las notas de los suicidas menguantes de corazón. Tengo experiencia comprobable en guiar la orquesta de gatos a media noche, vender de vez en cuando un pedazo de huesos roídos a los grandes sabios, contar la historia a los animales que hibernan bajo un árbol diminuto, caminar en una alfombra de cempasúchil para distraer a los muertos.

Cosa fácil: pintar de sol las cabezas a los necios y  pintarles de luna a los muy cuerdos.

Cosa hostil: quedarme en la oficina a ver caras lánguidas de manos rígidas y corbatas vírgenes con sus asuntos muy idiotas.

Nótese que ninguna promesa he roto y pienso correr  sin piel ni forma.

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Muralla

Una vez en mi casa escuché el estruendo de dos personas despidiéndose para siempre. Una de ellas se tocaba la cara mientras su cuerpo se llenaba de un grito pálido, cansado y triste; la otra puso una muralla al rededor de su piel, ojos, manos y corazón. La persona con las manos en el rostro temblaba y se recargaba en la muralla, de su último tabique para no caer, pensaría, al verla, que por un momento se volvía transparente para siempre.
La muralla viva no daba un paso, no cedía una palabra, no negociaba un abrazo: solo se formaba de una estructura siempre más sólida y bien diseñada. La casa empezó a oscurecer y nadie encendió las luces, solo se escucharon sollozos discretos por un momento y mil lágrimas que solo salían de quien tenía las manos en el estómago, rostro y corazón.
Yo usaba un vestido floreado, el de siempre, y hoy desde ese mismo vestido, recostada en la cama junto a la ventana que da a la calle, viendo cómo la luz entra a acostarse en mi cuerpo, pienso: yo era dueña del grito pálido y me recargaba en los muros como ciega, minotauro herido en su propia cueva.
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Ariadna

El mundo tiembla y la sangre brota de los árboles, pero tú no entras. Te digo “habrá una lluvia que inundará toda la calle y se llevará a los niños arrullados dentro del fango” y solo crecen tus muros de silencio, muy altos y grises. En esos muros cuelgo cuadros, enredaderas y buganvilias; sitúo una mesa circular pequeña con dos sillas blancas, antiguas, sirvo el café y canto una canción mientras la otra silla, frente a mí, no se ocupa. No entras.

Preparo el pastel más hermoso de este mundo,con vainilla, almizcle, seda y rosas. Corto una rebanada perfecta para ti y cuidadosamente la coloco sobre un plato con áureas orillas y flores simétricas pintadas con acuarela, pero tú no tienes hambre.

Le platico a tu piel lo cansado del día, la travesía de ir de un pensamiento a otro; intento entrar a ti, a tus recuerdos y me enfrento con un minotauro cansado, tirado en el piso, enredado en el laberinto y a punto de morir.

Ariadna también se pierde,
Ariadna también se cansa.

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Miel de agave

Soy así porque de pequeña caí en el jardín de la abuela, en la Tepacaltes, entre geranios y bromelias acariciando mis pies; encontraba arañas de las tiernas, tomándolas de una patita las aventaba a mi primo ahora muerto, solo por asustarlo y hacerlo rabiar.

Soy así porque amé a mis dos abuelos desde muy pequeña y sentí que desde su corazón duro nacía la miel del agave; compartían conmigo sus secretas comidas y las únicas palabras dulces que salieron de sus labios.

Soy así porque me confeccionaron llorona -desde nacida, mi madre dice- cántaro pequeño de agua limpia, y esa marca jamás se me quitó (hoy sentada en mi propio borde, a punto de saltar al acantilado que es mi cuerpo).

Soy así porque cuando sueño viajo bastante y veo de lejos a mis dos perritos ladrándome para que regrese con bien a mí misma, a una cama que es calma, a un hogar que es mi cuerpo. No hay más.

 

 

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qué lejos

Qué lejos se veía la soledad desde tu casa en la que aún fría podía desnudarme los pies y bailar con tu perro olvidando todo el silencio que tienes, porque en vez de sangre, tienes silencio.

Qué lejos se veían los viernes sin que esperaras fuera del trabajo con tu auto, tu perfume, tu galantería y una sonrisa que apenas se asomaba, tan pequeña, pero que para mí era como una enorme y colorida celebración  con miles de fuegos artificiales.

Qué lejos se veía el fin del “nosotros”, de nadar en Lo de Marcos mientras tú me veías ser feliz desde tu cerveza, de La Sauceda con café y chocolate, de las cenizas de mi abuelo que no me acompañaste a presenciar, de las canciones de José Alfredo que se te atoraban en la garganta, de tus Te Amos entre dientes aferrándote a ellos sin dejarme acariciarlos.

Qué lejos te veo. Qué lejos quiero que estés.

 

 

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