Ideas de oficina

1. La carne desaparece en los costados de esta fiebre. Hay veces que prefiero no estar quieta y regar las plantas.

2. Fumo sentada al borde de la cama, salen dos lágrimas, el perro me mira, triste mi perro, me consuela. Siento el cuerpo con miles de flores nacer, pero siento el cuerpo con miles de flores muriéndose al mismo tiempo.

3. Mi jefe me ha pedido un reporte con índices, números, gráficos. Frente al monitor, mientras tecleo, siento mi pecho moverse y abrirse. Un animalito sale, es un conejo recién nacido, cubierto de lánugo tornasol. Te ofrezco este conejo.

4. Las palabras que dicen las personas no son lo que sienten las personas. Un señor dijo “globo” pero sentía cosas como “piedra”, “río”, “nube gris”. No confío en lo que dice la gente, porque siempre quiere decir otra cosa.

5. ¿Qué ves en mí cuando me miras de frente y me dices Te quiero? ¿Ves a un perrito triste dentro de mi pupila o ves fuego cruzar de mis ventanas y quemar todo?

Quemar quemar quemar.

6. En mi cumpleaños quiero un pastel con petalos con flores de colores. Quiero de invitados a Bill Murray, a mi abuela muerta y a mis dos perros.

7. Marguerite Yourcenar era un genio. No puede ser, ¡un genio de verdad! me conocía demasiado.

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Mirada de agua recién nacida

Dame mirada de agua recién nacida. Dame espera y luego frío para después dar abrazo. Dame tristeza y después risa; mira la ventana y después mira mis labios; maneja rápido y después quédate quieta, suelta el volante, escucha una canción.

Dame abismo, todo el que tengas y después lanza una cuerda hacia la luz.

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Dentro del avión

Ojos azules y cansancio evidente, un hombre caucásico, de aproximadamente 70 años en medio del avión aún en tierra, peleaba con algo absolutamente invisible. Pongamos que se llamaba John porque solo hablaba inglés.

Peleaba y gruñía dentro del avión. Yo avanzaba en la fila de los que apenas abordan, llegué al asiento que marcaba mi boleto y estaba John de pie, en medio a punto de sentarse a mi lado. Me vio con hastío y cansancio, pedí amablemente sentarme junto a él. En ese momento mi impresión fue de un “pfff, tendré que lidiar con este hombre todo el camino”. Y entonces empecé a lidiar.

Llegó otro hombre sentándose a mi izquierda (pongamos que se llamaba Manuel) y John a mi derecha. El avión comenzó a despegar.

Para ignorar que John respiraba violentamente, casi con rabia y desesperación, saqué un libro y comencé a leer. Sin embargo, el hombre moqueaba y hacía sonidos fuertes con la nariz, así es que pregunté si quería papel de baño. Me miró desconcertado. – ¿Estoy sucio, tengo algo?-preguntó. Me asusté de su mirada furiosa y dije – no, tú estás perfecto, solo preguntaba -. Seguí leyendo.

Me concentré en leer los caminos coloridos de Proust. De repente, John me pregunta si no tenía, de casualidad, un teléfono que pudiera servir en Nicaragua. Yo no uso teléfono móvil y le hago saber, me mira sorprendido -¡Cómo que no usas celular!- exclamó, – No, no uso. – Te felicito, por no usar celular y por leer literatura de verdad. Me cuenta que su novia lo espera en Nicaragua, llevaba dos días en el aeropuerto de la ciudad de México (los vuelos estaban atrasadísimos por el clima inconveniente) y que quiere conseguir un teléfono para marcarle. Me disculpo, pero veo que se ha tranquilizado. Llega la señorita aeromosa y ofrece de comer. John pide vino. Comemos algo, y vuelve a pedir más vino, la señorita lo trae gustosa y le dice que siente mucho esté pasando por eso, que ella treaerá lo que él desee y grita emocionado -¡han sido dos días terribles varado en el aeropuerto, ustedes dos son las únicas personas amables que me he encontrado!

Entonces, imagino la inquietud de John de no poderse comunicar con su novia, ¿cómo será su novia? ¿también tendrá setenta años? ¿estará desesperada en el hotel intentando comunicarse? ¿Mirará de reojo la cortina de su cuarto con luces apagadas esperando que John llegue por fin? ¿estará triste viendo un programa aburrido? ¡Como quisiera ayudarlo!

Más tranquilo por la embriaguez de vino, me cuenta un poco de su vida: tiene un proyecto en nicaragua de producción de energía con fuentes renovables, pero el gobierno no está apoyando lo suficiente. Le platico mi opinión como ambientalista, comparto mis puntos de vista y me dice que está contento de conocerme, que si tuviera 30 años menos se casaría conmigo. Río estruendosamente y pedimos más vino.
De mi lado izquierdo, Manuel me platica que es mexicano y que tiene un negocio en El Salvador (exportación y logística), que lo que ocupe en mi estancia en ese país (hace demasiado incapié en la “protección”) que está para ayudarme. Me ofrece trabajar en Argentina para él.

Todo esto me da risa y ternura loca. No hay nada más que decir. Le di mi correo electrónico a John y no ha enviado nada, pero siempre que abordo un avión me acuerdo de él, de sus rasgos fuertes, de sus ojos azules y de su novia esperándolo.

Cuántas cosas suceden si usas celular o abandonas un rato los audífonos.

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Incendio

El perro mira triste desde la ventana, ¿ volverás?

La silla está quieta en la sala, ¿traerás flores como nunca, de repente?

El viento mueve una cortina de tela floreada, horrible que es mi cortina,

¿te quedarás inmóvil otra vez cuando pregunte si me amas?

El pasto está seco, el patio apenas barrido, ¿me ayudarás a pintar la casa

mientras la música, para después, cansados,

mirarnos el uno al otro en la cama  listos para desnudarnos?

El perro me mira desde la puerta de mi cuarto,

¿vendrás a tirarme una cuerda cuando me inunde dentro de la almohada?

Hierve el  café de olla recién hecho, con canela, piloncillo y vainilla

huele toda esta casa, ¿vendrás a vivir conmigo justo cuando sirva las tazas?

El vecino me ha gritado absurdos de nuevo, la policía vino, azoté la puerta para después llorar.

¿tendrás la fuerza que se requiere para ser felices juntos?

Algunas plantas se han secado y parecen no reaccionar;

tengo tantas ganas de incendiarme dentro de todos los recuerdos.

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Bitácora del bosque

  1. Entré al bosque.
  2. Había, dentro del bosque, una casa.
  3. Incendiada por una fogata, dentro de la casa.
  4. La fogata parecía amigable, una fogata madre, que invitaba a entrar y sentir la tibieza después de una larga caminata dentro de un frío bosque.
  5. La casa era de madera, soñada.
  6. “Se puede tener todo dentro de un bosque”, pensaba.
  7. La casa era tibia y dentro palpitaba una luz cálida.
  8. La cama era como mi cama.
  9. Tuve un poco de miedo; un nido de viudas negras tenía la casa.
  10. Me acerqué a la telaraña, intentando negociar.
  11. Una araña se posó en mi hombro, sentí miedo, la comí.
  12. La araña me habló con voz suave y maternal, no sé qué cosa. Quizá llegamos a un trato.
  13. Dormí en la cama.
  14. Alguien llegó a romper los vidrios de la casa con palos. Se oyó un estruendo, entraron muchos a la casa, tuve miedo, alguien me mordió un pie, el pie tenía una fisura enorme, veía el hueco de la carne; dolía mucho.

 

Desperté.

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Treinta millones de años

Hubo un momento en mi habitación que se quedó para siempre, como animalito sombrío que huele a vainilla viviendo bajo mi cama y sale a veces a hacerme cosquillas o llora y me hace llorar. Ese recuerdo consta de varios elementos simples: una persona, una voz, varias palabras, dos sombras. Las palabras son las que a veces duelen o hacen reír, las que me hacen fumar un cigarro (y yo ni fumo) y me nublan poquito la risa (aunque haga tanto sol y calor). “Ojalá te hubiera conocido antes” es parte de ese animalito que tú creaste, y que hizo un zumbido en mi cabeza preguntándome siempre ¿antes de qué? ¿Antes para qué? Esa noche vi muy claro la luz lunar entrando por la ventana y sentí tu abrazo en mi costado, casi temblando, con ganas de quedarte para siempre. Las ganas fueron otro tipo de animalito que sí murió con mucho frío, pero el recuerdo de tu voz que reconocía a oscuras, la mía que tambaleó mucho y los te amos con hilitos en los pies se quedaron en ésta habitación como amonites que datan treinta millones de años.

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