Primer silencio

Ayer Casa se inmutó: los grillos entendieron que no era momento de cantar, la lavanda murió poquito; me metí a bañar un poco borracha bajo el agua fría y sentí como mi sangre se inquietaba.

Reí tanto, lloré tanto. Casa no supo qué hacer. Quizá no era el momento tampoco de decir nada.

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Campo de lavandas

Me quedé dormida en tu abrazo (hondo, cálido) y me supe dentro de una hoguera suave donde se forma la vida. Sentí que no existe alarma que despierte este sueño, que no existe daga que corte o miedo que rebase mi sonrisa.

Eres un campo de lavandas donde yo me tiendo a ver el atardecer.

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Casa

Cielito, ¿qué es esa nueva luz que sale de tus ojos y se refleja en toda la cocina?-, preguntó mi casa, ayer domingo, cuando en la noche nos quedamos a solas.

-Esa luz es nueva, ¿verdad? ¿la habías visto antes? yo tampoco-, contesto.

Casa me mira curiosa, mientras yo recostada cierro los ojos, suena una canción y pienso en auroras boreales.

-Pst Pst -me despierta Casa –¿qué pasa que ahora tu habitación se ha convertido en mi corazón? ¿por qué escucho tantas risas? ¿quién viene ahora y pregunta por el pasto, por el baño descompuesto? ¿es quien también te acaricia el pelo y te hace reír hasta sonar en todas mis esquinas y mover todos mis cuadros?

Abro los ojos, escucho a Casa y sonrío. Contesto que sí y no sigo más.

Ayer vi flores en la mesa y una flor de lavanda. Amo la lavanda; el aroma hace cosquillas en mis muros. Dime, ¿eres feliz? -Casa insiste.

-Sí-. Contesto sonriendo y me doy cuenta que ese calor que Casa siente, es lo que pasa cuando por fin un sitio habitable se transforma en hogar.

 

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Nebulosas

Hay cosas que ya no siento,
por ejemplo,
el vuelo torpe del somormujo
dentro de mi garganta al decir adiós
o el olor a muerto de todas las flores
que alguna vez dejé a mi paso.
Tampoco siento la distancia
como alfiler y pie descalzo,
como brasa y rostro fresco,
como enfermedad y soledad.

Digo esto, porque tengo la voz más firme que nunca
las manos fuertes y la mirada quieta
lo veo en el espejo
cuando a solas,
cuando nado
y la alberca vacía de todos
ya no me asusta
ni siento que aparecerán fantasmas dentro del agua
y que una ballena enorme me devorará.

Veo que, sí, en efecto
hay grietas en mi amor imperfecto
pero que también las grietas
son oportunidad de universos
llenos de dinámicas nebulosas
de olor a todo lo bonito
que me habita.

 

 

 

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Llamada

Apretar los dientes, respirar profundo, secarte las lágrimas, contener.  Suena el celular y ves que es mamá. Mamá que dejó de hacer de comer, regar las plantas, cantar a tu hermanita “duerme duerme negrito” para llamar y decirte cualquier cosa. Apretar los dientes, relajar la voz, sacudirte un poco de tristeza, contestar a tu madre, y por teléfono decir -madre, estoy bien, claro, hace calor, ¿ustedes? Los extraño- y aquí ahogarte un poco más en la marea viva de tu sangre mientras el ventilador necio y pobre apenas mueve un poco tu cabello ¡Ven a visitarme, vuelve pronto, ve a visitar a tu abuela, cruza los montes, baila todos los días, vacía a los perritos, llena de gatitos los cántaros de agua!  Las palabras de tu madre suenan lejos y no tienen el mismo efecto que cuando te traía dulces después de su jornada o cuando sabías que ella era los reyes magos pero no se lo decías porque querías que creyera que aún sabías creer.

Mamá, qué no ves que los cuartos de esta casa están vacíos, que nuestros muertos y quienes más nos amaron nunca van a volver.

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Currículum Vitae

Entre mis habilidades se destacan las siguientes: sacar borrachos muertos de tugurios por las noches, por las madrugadas recoger estiércol de dinosaurios, cazar olvidos para recordatorios abandonados, domesticar medusas de sonrisas cabizbajas o escribir las notas de los suicidas menguantes de corazón. Tengo experiencia comprobable en guiar la orquesta de gatos a media noche, vender de vez en cuando un pedazo de huesos roídos a los grandes sabios, contar la historia a los animales que hibernan bajo un árbol diminuto, caminar en una alfombra de cempasúchil para distraer a los muertos.

Cosa fácil: pintar de sol las cabezas a los necios y  pintarles de luna a los muy cuerdos.

Cosa hostil: quedarme en la oficina a ver caras lánguidas de manos rígidas y corbatas vírgenes con sus asuntos muy idiotas.

Nótese que ninguna promesa he roto y pienso correr  sin piel ni forma.

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Muralla

Una vez en mi casa escuché el estruendo de dos personas despidiéndose para siempre. Una de ellas se tocaba la cara mientras su cuerpo se llenaba de un grito pálido, cansado y triste; la otra puso una muralla al rededor de su piel, ojos, manos y corazón. La persona con las manos en el rostro temblaba y se recargaba en la muralla, de su último tabique para no caer, pensaría, al verla, que por un momento se volvía transparente para siempre.
La muralla viva no daba un paso, no cedía una palabra, no negociaba un abrazo: solo se formaba de una estructura siempre más sólida y bien diseñada. La casa empezó a oscurecer y nadie encendió las luces, solo se escucharon sollozos discretos por un momento y mil lágrimas que solo salían de quien tenía las manos en el estómago, rostro y corazón.
Yo usaba un vestido floreado, el de siempre, y hoy desde ese mismo vestido, recostada en la cama junto a la ventana que da a la calle, viendo cómo la luz entra a acostarse en mi cuerpo, pienso: yo era dueña del grito pálido y me recargaba en los muros como ciega, minotauro herido en su propia cueva.
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