Amor es más minotauro, luego laberinto
Amor debiera ser Minotauro sin laberintoLaberinto sin hilos ni Fedras
Minotauro sin Teseo
Ser deseo sin hilos
Pasífae abrazada a la grupa de la bestia,
querida Ariadna.
Amor debiera ser Minotauro sin laberintoLaberinto sin hilos ni Fedras
Minotauro sin Teseo
Ser deseo sin hilos
Pasífae abrazada a la grupa de la bestia,
querida Ariadna.
(Suele tener el hombre
desubicaciones anatómicas
regadas en varios momentos del universo,
suspendidas en cada caricia
que separa a un objeto de sus fuerzas).
Sólo fumo por esta rabia para pisar las colillas. Y no es que esté fumando, digo ¿usted para qué querría todo ese oxígeno dentro? No. Hago combustión a los suspiros hasta oxidarlos, cambiar su valencia y su estado de oxidación; hacerlos viejos.
¿Para qué quiero los pulmones tan vivos si mi voz ni les cabe ni les sabe? Y si, en todo caso llegara a fumar, sería para vaciar las cajas, quedarme el olor en los dedos, hacer flores hermosas con el papel plateado, escribir un poema y regalar una carta.
Lo que usted ve no es un cigarro, es un recolector de vaho, de almas. Porque si realmente esto fuera un cigarro, recordaría que yo no sé fumar y todo epezaría a ser una impostura con el fin de confundirlo (a usted) y lo que ciertamente es un axioma (el humo) terminaría siendo sólo vapor castaño y no me volvería a molestar con los porvenires de un fumador nervioso.
Sin embargo ¿qué otra cosa podría yo hacer en este farol roto con su oscura esquina? Sin fumar, estaría llorando, o lo que es peor: arrancándome el cabello para después hacer una trenza, trepar un árbol y desde ahí aventarme muy lejos hasta hacer un tapiz con mi cerebro, digno de ser pisado por cualquiera que sepa bailar.
Pero no estoy fumando, creo fantasmas que vienen y nos dicen qué formas faltan en el universo.
No estoy fumando. Espero.
No estoy fumando, entretengo al aire para no aburrirme mientras sé de alguien que nunca llegará.
Tienes cara de edificio insoportable una piel asfaltosa que pesa como muro como ventana cerrada que brilla en los dinosaurios estáticos que contienen la ciudad la ciudad inundada de mariposas atropelladas por camiones y tractores violando la tierra.
Tienes cara de traicionar la más pura niebla matutina y la paz nocturna de los árboles inquietos de vender todo por una vida por un escape que no cuesta nada más que la revolución de las flores la tristeza de una ninfa sepultada en los escombros de los derrumbes citadinos.
Con la soledad de un lobo infrarrojo viviendo en el cuento de la pirólisis acuosa. Quiobo con las amonitas que andan descalzas y no tienen pies, además el nautilidae: el nautilidae con cabeza medúsica vibrante.
Así como bien hiperdestilados, como bien queriendo quedarse en el mar por siempre con los erizos cristalinos y puntiagudos
Una medusa sidérea de estrella hipertrófica y lo más bonito ¿sabes qué es lo más muy de toda esta infra-agua? Los hidroponys. Los hidroponys que me recuerdan algo parecido a…
Imagínate un arcoíris marino, algo así como una sierpe neón, como una anaconda de buenos sentimientos rescatando toda la luz disipada en los poros de los peces de sal.
Todo este arrecife, todos los animales, animales que son frutos de mar, todo esto, todo esto cuando cierro los ojos, como huyendo de estos edificios, todo esto aquí en mi ombligo.
Dormí abrazada al calor de mi pecho. Había dentro una hoguera donde quemaban brujas. Dentro de mi cuerpo.
Lloraba, las lágrimas calientes alimentaban esa hoguera. Los gatos se quemaron. Quise sacarlos de mí, pero mordían y decían palabras absolutamente desconocidas. Quieta escuché a las brujas apagadas, sus canciones pequeñas, canciones de cuna que alguna vez fueron plegarias, sus miradas tristes, su cabello hermoso, sus corazones uniéndose al mío, pensando en el último beso de su última vida.
Después no hubo más agua nunca más en mi cuerpo; salió por los ojos o fue quemada dentro de esa hoguera junto con las brujas.
Sin agua, hasta la quietud puede romperme. Recuerdo a los gatos pequeñitos con ojos grandes, delicados como postres, postres astrales que se me antoja romper como fuentes.
Tengo pensamientos de una muerte frecuente en un viejo bosque viejo; sueños donde nacen cipreses de mi cuerpo seco, poblado por gatos muertos.
A veces poner las rodillas juntas, pegarlas a la pared, detener todo. Escribir. Recordar las uvas en el vientre y a quien las comía como devorando una fruta de fuego trasfigurada en río. Uva en el ombligo y la respiración guiando el viento hacia el clima fértil del estómago. Sentir.
Me refiero a todo, estar desnuda en cuartos desconocidos viendo fotos desconocidas de rostros que no sé. Tomar vino, jugo de arándano, Boing de mango de la boca de otro, de otra.
Me refiero a los eventos: los amantes son eventos, las personas son eventos, soy un clima.
Escuchar, besar costillas para llegar al epicentro de tu verga; tu corazón genital. Construir tu cuerpo de mujer, a veces hombre. Labios vaginales rosáceos y grises. Insertar un hogar, una casa construida a orillas del río cubierto de musgo febril y danzante.
Comer.
Hablo de estas manos que son piel sobre huesos y cicatrices, que también son vientre, hablo de la primera penetración que también es mirada, de pedir que me detengas en el justo instante de regresar. De regresar para crear un idioma que sea al mismo tiempo la onomatopeya del mar.
Hablo de dejar de escribirlo todo para subirme a tus ojos, a las formas de las sombras huecas que haces cuando abres la boca y la pones en este centro que es ruina que grita.
Uno. Aquí estoy con el vestido de bolitas blancas. Aquí está el frío y en nuestros costados están los edificios. Tomamos nuestras manos por principiar el camino que sin besarnos es ¿para qué quiero besarte si con quererte soy? No sé, pregunta a mi cuerpo, yo no tengo qué ver con sus que ganas de llevarte a un pedazo de tierra o de aire y coger toda la puta vida -sin besarte quizás-. Explícalo a mi sistema músculoesquelético, yo no tengo nada que ver con él.
Dos. Otra vez soy con el vestido de bolitas blancas y estamos abrazados por momentos, otros momentos en los que no, te estoy abrazando con el pensamiento, queriendo abrazarte con la lengua y morir.
Tres. El frío. Al primer kilómetro que camine a tu lado dejarás de quererme. Me haces tanto bien que te tengo mucho miedo.
Cuatro. Pregunto cualquier cosa por hacerte sonreír. Atrapo la imagen, la aprieto con mis manos para que nunca escape. Así.
Cinco. Silencias mientras hablas con los dedos y quieres apretar con un puño mi corazón para que no crezca. Pero ya te quiero y es parecido a una enredadera de luz incontenible.
Propongo como suceso el temblar sicalíptico de la noche o los espasmos así ya en los plexos. Propongo el agua viva y las manos como un vaso
asfalto verde, fruta de fuego
Propongo la luna desdoblada en tu mesa, desnaturalizar las formas y nombrar todo de nuevo.
Se detuvo en el piso para abrochar mis agujetas. Subió lentamente e hincado abrazó mis caderas hasta besar mi pubis, encima del pantalón, frente a una multitud de gente sembrada en el metro San Lázaro. Subió sosteniendo fuerte mi cuerpo hasta tomar mi cintura y darme un beso en la frente.
Dame dos palabras y solo dije gato y pisar. Escribió esas dos palabras en una hoja tamaño carta con un marcador verde y dijo acuérdate de mí cuando las uses.
No me acordé nunca más de él hasta que anduve con las caderas desabrochadas por un largo tiempo.